{"id":1640,"date":"2025-10-30T07:20:20","date_gmt":"2025-10-30T07:20:20","guid":{"rendered":"https:\/\/promoaviles.net\/2024\/?p=1640"},"modified":"2025-10-27T09:39:30","modified_gmt":"2025-10-27T09:39:30","slug":"especial-halloween-10-microrrelatos-de-terror","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/promoaviles.net\/2024\/especial-halloween-10-microrrelatos-de-terror\/","title":{"rendered":"Especial Halloween: 10 microrrelatos de terror"},"content":{"rendered":"<h2><\/h2>\n<h2><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter\" src=\"https:\/\/s.calendarr.com\/upload\/7a\/75\/halloween-f.png?class=ogImageRectangle\" alt=\"Haloween (31 de octubre): historia y por qu\u00e9 se celebra - Calendarr\" width=\"490\" height=\"367\" \/><\/h2>\n<h2><\/h2>\n<h2>1) El suspiro del espejo<\/h2>\n<p>La primera vez que Laura not\u00f3 el desfase pens\u00f3 que era el cansancio: su reflejo parpade\u00f3 un segundo despu\u00e9s de ella. Lo atribuy\u00f3 a la luz del ba\u00f1o, a la vejez del azogue. Pero la repetici\u00f3n la inquiet\u00f3. Cada gesto parec\u00eda llegar tarde, como si el otro lado necesitara tiempo para comprenderla. Una noche, prob\u00f3 con movimientos r\u00e1pidos: chasque\u00f3 los dedos, dio un salto, sac\u00f3 la lengua. El espejo respondi\u00f3, s\u00ed, pero a destiempo, como un actor que no recuerda su texto. Entonces cambi\u00f3 la t\u00e1ctica: levant\u00f3 la mano derecha; el reflejo, la izquierda. Sonri\u00f3 apenas; el reflejo mostr\u00f3 los dientes. Comprendi\u00f3 que ya no era un retraso, sino un desacuerdo. Se acerc\u00f3 tanto que el vaho empa\u00f1\u00f3 la superficie. Del otro lado, el rostro tambi\u00e9n se acerc\u00f3, pero no respir\u00f3. Laura traz\u00f3 con el dedo un peque\u00f1o coraz\u00f3n sobre el vidrio. El reflejo lo borr\u00f3\u2026 y dibuj\u00f3 un candado.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>2) Desconexi\u00f3n<\/h2>\n<p>A las 2:17 a. m., el celular de Valeria vibr\u00f3: <em>\u201cEstoy en la puerta\u201d<\/em>. El coraz\u00f3n le martill\u00f3 las costillas. Hab\u00eda despedido a Tom\u00e1s una semana atr\u00e1s, lo hab\u00eda visto bajar envuelto en flores, lo hab\u00eda sentido ausente en la casa entera. El tel\u00e9fono volvi\u00f3 a sonar: <em>\u201c\u00bfPor qu\u00e9 no abres?\u201d<\/em>. Record\u00f3 que, de novios, \u00e9l bromeaba con que jam\u00e1s la dejar\u00eda sola; que a la primera se\u00f1al, volver\u00eda. Desde el pasillo lleg\u00f3 un roce, como de tela contra madera. Se levant\u00f3, descalza, con la luz del pasillo filtr\u00e1ndose por la rendija. La mirilla mostraba solo oscuridad; quiz\u00e1 el bombillo del descansillo fundido. El picaporte gir\u00f3, despacio, sin fuerza suficiente para bajar el seguro. Valeria, temblando, acerc\u00f3 la frente a la puerta. Al otro lado, algo se apoy\u00f3 tambi\u00e9n: dos superficies que sab\u00edan que se separaban por mil\u00edmetros. El celular vibr\u00f3 una tercera vez: <em>\u201cNo quiero entrar. Solo aseg\u00farate de dormir\u201d<\/em>. Ella apag\u00f3 la luz. Al amanecer, el seguro estaba subido\u2026 desde fuera.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>3) Habitaci\u00f3n 313<\/h2>\n<p>El due\u00f1o del hostal no recomendaba la 313. \u201cSi le gusta descansar, mejor la 211\u201d, dec\u00eda con una sonrisa tensa. Clara, que hab\u00eda viajado para demostrarle a su hermana que los miedos son costumbres mal aprendidas, pidi\u00f3 la 313 a prop\u00f3sito. La habitaci\u00f3n ol\u00eda a lim\u00f3n y a ropa reci\u00e9n planchada, con una ventana estrecha que miraba a un patio. A medianoche, el silencio tom\u00f3 cuerpo. Clara oy\u00f3 un peque\u00f1o crujido a los pies de la cama, luego otro en la silla junto a la ventana, como si alguien se acomodara con prisa. Se incorpor\u00f3: no hab\u00eda nada, salvo la luna abierta en el vidrio. Volvi\u00f3 a acostarse. La almohada a su derecha se hundi\u00f3 dos cent\u00edmetros, exactamente dos, y el peso, c\u00e1lido y leve, le roz\u00f3 el hombro. No era amenaza; era presencia. \u201c\u00bfNo descansas tampoco?\u201d, susurr\u00f3 al vac\u00edo. Del pasillo lleg\u00f3 un bostezo ajeno. Al amanecer, la s\u00e1bana presentaba dos huecos sim\u00e9tricos. En recepci\u00f3n, Clara pidi\u00f3 reservar la 313 para el mes siguiente. \u201cMe hace compa\u00f1\u00eda\u201d, dijo.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>4) El ni\u00f1o del retrato<\/h2>\n<p>El \u00f3leo colgaba en la sala desde antes de que Julieta naciera: un ni\u00f1o de ojos muy negros, camisa almidonada y un gesto que parec\u00eda pedir silencio. Con el tiempo, los colores se apagaron salvo en la mirada, que segu\u00eda h\u00fameda, como reci\u00e9n pintada. La abuela contaba que el artista hab\u00eda desaparecido sin cobrar. Nadie se tom\u00f3 en serio la historia hasta que, al cambiar el mueble, notaron que el marco parec\u00eda m\u00e1s amplio que a\u00f1os atr\u00e1s. \u201cLo mandaron a restaurar\u201d, sugiri\u00f3 alguien. No; nadie lo hab\u00eda tocado. Cuando la abuela muri\u00f3, el retrato apareci\u00f3 con un detalle nuevo: al fondo, muy desva\u00edda, una mujer de espaldas, inclinada hacia el ni\u00f1o. Julieta revis\u00f3 fotos antiguas y no estaba all\u00ed. Esa noche so\u00f1\u00f3 con un estudio lleno de olor a trementina. El pintor, p\u00e1lido, le repet\u00eda: \u201cLa pintura crece donde hay memoria\u201d. Antes de despertar, Julieta volte\u00f3 el cuadro en el sue\u00f1o y vio, al dorso, un calendario con fechas marcadas. La pr\u00f3xima era hoy.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>5) Voz al otro lado<\/h2>\n<p>\u2014\u00bfHola? \u2014dijo Vera, con la voz a\u00fan felina del sue\u00f1o.<br \/>\n\u2014<em>No abras la puerta<\/em> \u2014susurr\u00f3 la misma voz, id\u00e9ntica, como si su garganta hablara desde otro tel\u00e9fono.<br \/>\n\u2014\u00bfQui\u00e9n eres?<br \/>\n\u2014<em>T\u00fa, dentro de un minuto.<\/em><br \/>\nEl reloj marc\u00f3 2:59. El timbre son\u00f3 a las 3:00 exactas, un sonido met\u00e1lico que atraves\u00f3 el apartamento. Vera pens\u00f3 en llamar a un vecino, pero temi\u00f3 parecer rid\u00edcula. Apoy\u00f3 la frente en la pared helada junto a la puerta y pregunt\u00f3: \u201c\u00bfQui\u00e9n est\u00e1 ah\u00ed?\u201d. Silencio. Desde el auricular, su doble respir\u00f3 con prisa. <em>No abras<\/em>, repiti\u00f3, ahora como sollozando. La tentaci\u00f3n de mirar por la mirilla fue irresistible: al otro lado, oscuridad total, salvo algo blanqu\u00edsimo, difuso, como un \u00f3valo de rostro. \u201c\u00bfYo?\u201d, pens\u00f3. El intercomunicador vibr\u00f3 con un \u00faltimo mensaje: <em>Si abres, no vuelvo<\/em>. Vera mantuvo la mano en el picaporte, indecisa. Lo solt\u00f3. Al amanecer, encontr\u00f3 pegada a la madera una huella h\u00fameda de frente\u2026 igual a la suya.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>6) El visitante<\/h2>\n<p>A Hugo le gustaba atribuir los ruidos de la madrugada a la madera. La casa era antigua: aceptaba crujidos como quien acepta arrugas. Sin embargo, desde que comenz\u00f3 el invierno, los pasos del pasillo eran demasiado regulares, medidos, como marcando tiempo. A las 3:11, casi cada noche, un roce, luego otro, y el vaso de agua que dejaba en la cocina amanec\u00eda con un sorbo menos. \u201cCondensaci\u00f3n\u201d, dijo ri\u00e9ndose solo. Puso harina en el suelo, por juego, y al d\u00eda siguiente vio dos marcas curvas, como de suela gastada. Decidi\u00f3 sentarse en la mesa, a oscuras, con una manta. Cuando el reloj dio la hora, el aire se le volvi\u00f3 denso y oli\u00f3 a la colonia que usaba su padre. \u201cYa llegu\u00e9\u201d, susurr\u00f3 una voz desde el pasillo. Hugo, sin encender la luz, habl\u00f3 como si respondiera a una carta vieja: \u201cTe estaba esperando\u201d. El vaso en la mesa se movi\u00f3 apenas, una aceptaci\u00f3n. Por primera vez en meses, durmi\u00f3. A la ma\u00f1ana, la silla opuesta permanec\u00eda corrida.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>7) \u00daltima lectura<\/h2>\n<p>El bibliotecario cerr\u00f3 la puerta con doble vuelta, como cada noche. \u201cCinco minutos\u201d, pidi\u00f3 una mujer de abrigo gris, sosteniendo un libro con dedos p\u00e1lidos. \u00c9l asinti\u00f3: la secci\u00f3n de narrativa se quedaba al fondo, tranquila. Al regresar para avisarle, la encontr\u00f3 inm\u00f3vil, leyendo la \u00faltima p\u00e1gina con los ojos demasiado fijos. \u201cSe\u00f1ora\u2026\u201d. Nada. Sobre la mesa, el t\u00edtulo del volumen parec\u00eda una broma: <em>La mujer que nunca se fue.<\/em> Hab\u00eda una \u00faltima frase subrayada: <em>\u201cQuien termina este libro se queda a cuidar el silencio\u201d<\/em>. El bibliotecario sonri\u00f3 a medias \u2014rituales literarios\u2014 y cerr\u00f3. A la ma\u00f1ana siguiente, la silla exhib\u00eda una sombra precisa, delineada como por l\u00e1piz, que no se borraba con el trapo. El libro estaba abierto por la misma p\u00e1gina y, entre las hojas, un recibo con fecha de hac\u00eda treinta a\u00f1os. \u201cDevu\u00e9lvame cuando acabe\u201d, dec\u00eda al dorso. \u00c9l dej\u00f3 una nota: \u201cVuelva cuando quiera\u201d. Desde entonces, cada noche, al pasar, escucha el leve pasar de hojas en la sala vac\u00eda.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>8) La casa de mu\u00f1ecas<\/h2>\n<p>La miniatura era un regalo perfecto: r\u00e9plica exacta de la casa real. Sof\u00eda la recorr\u00eda con los dedos: la cocina con mantel a cuadros, el reloj del comedor marcando siempre las 4:15, el dormitorio con colcha azul. Una ma\u00f1ana, al echar un vistazo antes de ir al colegio, vio un detalle nuevo: en la cama diminuta, bajo la colcha, sobresal\u00eda una cabellera casta\u00f1a como la suya. Se rio; su madre negaba ser \u201cmanitas\u201d para esos trucos. Esa noche, volvi\u00f3 a mirar: el reloj peque\u00f1o marcaba 3:00; el grande, en la pared real, tambi\u00e9n. En la miniatura, la figura en la cama se removi\u00f3 apenas. \u201cEs imposible\u201d, dijo Sof\u00eda, y cerr\u00f3 la casita con llave. Al d\u00eda siguiente, al abrirla, encontr\u00f3 la mini cama vac\u00eda y, en el sal\u00f3n en miniatura, una mesa puesta para dos. En su comedor real, solo hab\u00eda un plato. Desde entonces, Sof\u00eda evita abrir la casa de mu\u00f1ecas. Siente que, si lo hace, la otra ella terminar\u00e1 de despertarse\u2026 y pedir\u00e1 sitio.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>9) La vela<\/h2>\n<p>El apag\u00f3n cay\u00f3 como un tel\u00f3n. Edwin encendi\u00f3 una vela que guardaba para emergencias y la puso sobre un plato. La llama respir\u00f3 primero tranquila; despu\u00e9s, inclin\u00f3 el cuello hacia la ventana, como si saludara. \u201cCorriente de aire\u201d, pens\u00f3. Se acerc\u00f3 al vidrio: afuera, la calle era una lengua de sombra y algunas ventanas luc\u00edan velas hermanas. Su reflejo se dibuj\u00f3 tenue, con la nariz m\u00e1s larga, los ojos velados. Not\u00f3 algo extra\u00f1o: el reflejo ten\u00eda los p\u00e1rpados cerrados. Se gir\u00f3 a mirar la vela: segu\u00eda encendida, pero su cera ca\u00eda en forma de dedos delgados, como si intentaran trepar. \u201cTe apagas\u201d, le dijo sin sentido. Soplar no tuvo efecto; la llama se dobl\u00f3 hacia \u00e9l, como si escuchara. Volvi\u00f3 al vidrio: su reflejo ahora abr\u00eda los ojos\u2026 y no eran los suyos. Dos puntos obscuros, profundos, le devolvieron una mirada antigua. Sin pensar, apag\u00f3 la vela con los dedos. La oscuridad respondi\u00f3 con un susurro. No estaba solo; al menos, no del todo.<\/p>\n<hr \/>\n<h2>10) La llamada de las tres<\/h2>\n<p>A las 3:00 en punto, el tel\u00e9fono fijo sonaba siempre una vez. Luc\u00eda hab\u00eda aprendido a ignorarlo, a dejar que el timbre fuera un mal h\u00e1bito de la casa. Hasta que una madrugada decidi\u00f3 grabarlo con el m\u00f3vil: tal vez un vecino con la l\u00ednea cruzada, tal vez un fallo. El timbre lleg\u00f3, lo dej\u00f3 sonar y, a los pocos segundos, el silencio se instal\u00f3 con peso. Reprodujo la grabaci\u00f3n: primero ruido blanco, luego un suspiro, luego su propia voz en un susurro: \u201cNo contestes ma\u00f1ana\u201d. Se rio por nervios: seguramente era un eco. Al d\u00eda siguiente, se jur\u00f3 obedecerse; a las 2:59 ya estaba despierta, con el coraz\u00f3n alto. A las 3:00 son\u00f3. Y desobedeci\u00f3. \u201c\u00bfHola?\u201d, dijo. Al otro lado no hubo nadie, pero un aroma a azahar llen\u00f3 la sala, igual al de su madre cuando llegaba tarde del trabajo y la arropaba. \u201cPerd\u00f3n\u201d, dijo Luc\u00eda, sin saber por qu\u00e9. La l\u00ednea cort\u00f3 sola. Desde entonces, a esa hora, ella contesta y escucha el silencio como quien reza.<\/p>\n<hr \/>\n<p><span style=\"color: #ff0000;\">No olvides que, si quieres escribir y publicar tu libro, nosotros te podemos ayudar. Te apoyamos en la escritura y publicaci\u00f3n. Nuestra ayuda va desde cero. 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