CUENTOS INFANTILES PARA LEER EN VACACIONES NAVIDEÑAS

Colección De Elementos Navideños. Iconos De Decoración Navideña Con Santa, Árbol De Navidad, Regalos, Sombrero De Duende, Pelota. Coloridos Personajes Y Decoraciones Navideñas. Ilustración Vectorial Ilustraciones svg, vectoriales, clip art vectorizado ...

1. El regalo invisible: cuento de Navidad para niños y adultos

La noche del 24 de diciembre, en el barrio de San Gabriel, todas las casas olían a galletas y canela. También había un olor especial: ilusión.
Todas, menos una.

En la esquina vivía Tomás, un niño de ocho años que ese año estaba convencido de que Papá Noel no existía.
—Son los padres —repetía serio, como había escuchado en el patio del colegio—. Todo es un truco.

Su madre, que forraba regalos en la mesa de la cocina, sonrió con un gesto suave.
—Puede que sí, puede que no. Pero hay cosas que no se pueden envolver —le dijo, dándole un beso en la frente—. Ya lo verás.

Tomás hizo una mueca. Él quería un videojuego nuevo, nada de misterios.
Esa noche, cuando se acostó, notó algo extraño: el árbol del salón parecía más apagado que otros años.
—Será porque ya sé la verdad —pensó, molesto.

Cerró los ojos dispuesto a dormir sin esperar nada especial. Sin embargo, a medianoche, un ruido lo despertó. No eran cascabeles, ni trineos, ni renos en el tejado. Era un ruido más cotidiano, pero fuera de lugar: una conversación en el salón.

Tomás se levantó en silencio y se asomó por la rendija de la puerta. No vio a nadie… pero escuchó claramente una voz masculina, grave y tranquila.
—¿Seguro que no quiere nada, señora Marta?
—Lo que quiero no cabe en un saco, usted lo sabe —contestó la voz de su madre, cansada pero cálida—. Solo quiero que mi hijo vuelva a creer un poquito.

Tomás sintió un vuelco. Avanzó dos pasos y encendió la luz del salón. No había nadie. El árbol seguía ahí, con sus luces titilando. Debajo, solo un par de paquetes pequeños.
—Lo sabía —murmuró.

Al agacharse, vio una tarjeta que no estaba antes. Llevaba su nombre escrito a mano: “Para Tomás, de alguien que existe más allá de los regalos”.

La abrió con curiosidad. Dentro no había dinero, ni entradas, ni códigos de descarga. Solo una frase:

“Tu regalo invisible llegará cuando tú mismo lo hagas aparecer”.

—Genial, un acertijo —bufó. Dejó la tarjeta en la mesa y fue a la ventana.
Afuera, el barrio estaba iluminado. Desde la casa de al lado, la de don Ernesto, salía una luz pobre, pero una risa clara: la de Lucía, su vecina de siete años. Sabía que su padre estaba en el hospital desde hacía meses y que el dinero no alcanzaba ni para adornos.

Tomás se quedó mirando el árbol del salón, rebosante de bolas brillantes. Pensó en su videojuego, en su enfado, en la voz que juraría haber oído. De pronto, la frase de la tarjeta empezó a tener otro sentido.

Fue a su cuarto. Abrió su caja de tesoros. Sacó su camión favorito. Lo guardaba desde que era pequeño. No dejaba que nadie lo tocara. Lo sostuvo un momento entre las manos. Luego, sin pensarlo demasiado, lo envolvió en un papel sencillo y garabateó: “Para Lucía, de un amigo”.

Salió a la calle en pijama y zapatillas, con el corazón golpeándole el pecho. Dejó el paquete frente a la puerta de su vecina, llamó al timbre y salió corriendo antes de que alguien abriera.

Se escondió detrás del seto y vio cómo Lucía aparecía con su madre.
—¿Un regalo? —preguntó la niña, con los ojos redondos.
Al abrirlo, lanzó una exclamación de alegría que llenó la calle más que cualquier villancico.
—¡Mamá, mira! ¡Un camión justo como el que siempre quise!

Tomás notó que algo dentro de él se acomodaba, como una pieza que encajaba en silencio. La luz del árbol de su casa, reflejada en la ventana, parecía ahora más viva.

Cuando volvió al salón, la tarjeta seguía en la mesa. Pero al darle la vuelta, descubrió que alguien —o algo— había añadido una línea más, con la misma letra elegante:

“El regalo invisible se llama alegría compartida. Bienvenido de nuevo, Tomás”.

No sabía si había sido su madre, Papá Noel o la propia Navidad. Lo único que supo con certeza es que, esa noche, había recibido el mejor regalo: descubrir que dar también era una forma de creer.

Y, curiosamente, junto al árbol apareció al día siguiente un paquete que no estaba antes: el videojuego que tanto deseaba.
En la tarjeta solo ponía: “Para quien descubrió cómo hacer aparecer los regalos invisibles”.

2. La estrella del balcón: cuento de Navidad para leer en familia

En el sexto piso de un edificio gris, vivía Ana, una niña que adoraba mirar el cielo. No le importaba que en la ciudad se vieran pocas estrellas; ella se inventaba las que faltaban. Les ponía nombre, historias y deseos.

Ese diciembre, sin embargo, algo había cambiado. Sus padres discutían más de lo normal. La crisis económica se notaba en la nevera. El árbol de Navidad era el mismo de siempre, pero tenía la mitad de las luces fundidas.
—Este año no haremos nada especial —dijo su padre una noche, mientras apagaba la televisión—. No hay dinero para fiestas.
Ana no dijo nada, pero al acostarse salió al balcón con su chaqueta encima de la pijama. El aire estaba frío y transparente. Buscó su estrella favorita, la que siempre imaginaba sobre el edificio de enfrente. No la encontró.

—Si al menos tuviera una estrella de verdad… —susurró, dejando que el vaho formara nubecitas delante de su boca.

Al día siguiente, cuando volvió del colegio, encontró una caja de cartón pequeña apoyada en la barandilla del balcón. No ponía nombre, ni remitente.
Dentro había una estrella de papel dorado, hecha a mano, con una cuerda de lana roja para colgarla. En una de las puntas alguien había escrito: “No soy de verdad, pero puedo ayudarte a recordar dónde mirar”.

Ana sonrió. Colgó la estrella en la barandilla, donde el viento la hacía girar despacio. Esa noche, al salir al balcón, vio cómo la luz de las farolas se reflejaba en el papel dorado. De repente, justo encima de la estrella falsa, una estrella verdadera parpadeó entre las nubes.

Decidió entonces que, si la Navidad no iba a ser especial por sí sola, ella la ayudaría un poco.
Al día siguiente hizo más estrellas de papel con hojas viejas de revistas y las coloreó con rotuladores. En cada una escribió una palabra: “Esperanza”, “Amistad”, “Paciencia”, “Abrigo”, “Comida”, “Tiempo”. Las colgó todas en el balcón.

Los vecinos empezaron a fijarse.
—Mira, mamá, el balcón de las estrellas —decían los niños al pasar.

Una vecina del cuarto, doña Carmen, apareció una tarde con una bolsa.
—He visto tus estrellas, pequeña —dijo algo tímida—. Yo ya no tengo niños en casa, pero sí sé hacer rosquillas. ¿Te gustaría ayudarnos a repartirlas el 24 a los vecinos?

Ana aceptó encantada. Se pasó la tarde amasando, recortando y riendo con la señora, que le contó historias de las Navidades de antes.
Mientras tanto, su padre, al verla tan contenta, sacó una caja de luces viejas y pasó horas desenredando cables. Logró encender algunas y las colgó también en el balcón.

La noche del 24, el edificio entero parecía distinto. En el primer piso, alguien había colgado guirnaldas hechas de papel de periódico. En el tercero, una familia puso velas en frascos de cristal. En el quinto, un grupo de adolescentes pintó un cartel que decía: “Feliz Navidad a quien mire hacia arriba”.

Ana y doña Carmen fueron puerta por puerta repartiendo rosquillas en servilletas con dibujos de estrellas.
—Son del sexto —decían los vecinos—, del balcón que nos ha recordado que aún podemos celebrar.

Cuando regresó a su casa, Ana encontró a sus padres sentados a la mesa, sin televisión, con unas velas encendidas.
—No tenemos mucho —dijo su madre—, pero tenemos esto —señaló la mesa con sopa caliente— y nos tenemos los unos a los otros.
—Y tenemos estrellas —añadió su padre, mirándola con cariño—. Algunas de papel y otras de verdad.

Esa noche, antes de dormir, Ana salió una vez más al balcón. La estrella de papel dorado giraba despacio, movida por el viento.
—Gracias —susurró hacia el cielo, sin saber a quién exactamente.

En ese preciso momento, un destello cruzó el firmamento: una estrella fugaz.
Ana cerró los ojos y pidió un deseo. Quería que, aunque hubiera pocos regalos y muchos problemas, su casa siempre tuviera estrellas y personas para mirarlas.

Y, aunque la ciudad siguió siendo la misma, el edificio gris de la esquina dejó de parecer tan gris. En el barrio, todos lo llamaban “el edificio de las estrellas”. Cada diciembre, alguien ponía una nueva estrella de papel en el balcón del sexto.

3. El turrón de la abuela: cuento de Navidad sobre los recuerdos

Ese año, la familia de Marcos decidió pasar la Navidad en la casa del pueblo. Esa casa era donde vivió la abuela Rosa hasta su muerte, hace dos inviernos. Volvían por primera vez, con un nudo en la garganta que nadie quería mencionar.

La abuela hacía el mejor turrón casero del mundo. Eso no era una opinión: era un hecho que todos aceptaban sin discusión. La receta estaba en una libreta azul, vieja y manchada, que nadie había logrado encontrar desde que ella faltó.

—Ya no será lo mismo —dijo la madre de Marcos, colocando el mantel bordado por Rosa sobre la mesa.
—Pero podemos intentarlo —añadió el padre, intentando sonar animado—. Hay turrón en la tienda del pueblo.

Marcos, de diez años, subió al desván por curiosidad. La casa olía igual que en sus recuerdos: a madera, a jabón y a algo dulce que parecía haberse quedado pegado a las paredes. Entre cajas y baúles, encontró una caja de lata con dibujos de flores. Dentro había postales antiguas, fotos en blanco y negro… y una esquina de papel doblado, asomando como si quisiera ser descubierta.

La sacó con cuidado. Era una hoja arrancada de una libreta, con la letra inclinada de la abuela:

“Turrón de Rosa.
Ingredientes:
— Cariño sin medida
— Recuerdos de infancia
— Risas de sobremesa
— Almendras, miel y paciencia.
Preparación: mezclar todo sin prisa. No olvidar cantar mientras se remueve.”

Marcos frunció el ceño. No había cantidades ni pasos claros. Solo notas en los márgenes: “Si se corta, no enfadarse. El enfado amarga más que el azúcar quemado”.

Bajó corriendo con la hoja en la mano.
—¡La encontré! —gritó—. Bueno, encontré… esto.

La familia se reunió alrededor del papel.
—La abuela era así —rio la tía—. Nunca medía nada. Decía que la cocina era un acto de fe.

Entre todos decidieron intentarlo. Compraron almendras, miel y azúcar en la tienda del pueblo. Mientras pelaban y tostaban las almendras, la madre tarareó sin darse cuenta una canción que Rosa solía cantar. La tía se puso el delantal viejo de la abuela, manchado de harina. El padre contó por enésima vez la historia de cuando se le cayó una bandeja entera al suelo y Rosa se rio en lugar de reñirle.

Marcos removía la mezcla con una cuchara de madera demasiado grande para sus manos, pero no quiso soltarla.
—Hay que cantar —recordó—. Lo pone aquí.

Empezaron a cantar, al principio bajito, luego cada vez más alto. La casa, que antes sonaba vacía, se llenó de voces. El turrón tomó forma. No quedó perfecto: unas partes se endurecieron demasiado, otras quedaron blandas. Pero el aroma… el aroma era exactamente el mismo.

Al sentarse a la mesa, todos guardaron un momento de silencio antes de probarlo.
—A la abuela le habría encantado vernos así —susurró la madre.

Dieron el primer bocado.
—No está igual —dijo Marcos, con la sinceridad de los niños—. Pero está bien.
—Claro que no está igual —respondió el padre—. Porque ahora lleva algo nuevo: la parte que ponemos nosotros.

En ese momento, un recuerdo claro llegó a la mente de Marcos. Su abuela lo agarraba de las manos. Ella le enseñaba a romper almendras con una piedra en el patio. Ambos reían cuando alguna almendra salía volando. Se dio cuenta de que el verdadero turrón no estaba solo en la bandeja, sino en la memoria que renovaban cada vez que intentaban hacerlo.

Después de cenar, dejaron un trozo pequeño en un platito junto a la foto de la abuela, en la cómoda del salón.
—Para que no se quede sin postre —dijo la tía.

Nadie vio nada extraño. Pero por la mañana, el plato estaba vacío y, al lado de la foto, apareció una nota escrita con letra temblorosa pero familiar:

“Está casi perfecto. Solo falta hacerlo todos los años. No olvidéis cantar.”

Tal vez alguien de la familia, emocionado, había hecho la broma durante la noche. O tal vez, como dijo Marcos en voz baja, las recetas que se preparan con amor encuentran manera de contestar.

Desde entonces, cada Navidad, el turrón de la abuela Rosa vuelve a la mesa. No siempre sale igual, pero siempre sabe a lo mismo: a familia reunida.

4. El tren de papel: cuento de Navidad sobre los sueños

En la ciudad, todos hablaban del nuevo centro comercial que se iluminaba como un árbol gigante. Todos menos Diego, que no tenía dinero para regalos, pero sí una caja de cartón llena de papeles de colores que guardaba desde hacía años.

Su padre trabajaba horas extra conduciendo un taxi, y su madre acababa de perder el empleo.
—Este año iremos justos —dijo una noche, mientras miraba las luces desde la ventana—. Pero algo conseguiremos.
Diego no pidió nada. En lugar de eso, abrió su caja y empezó a doblar. Desde pequeño, había aprendido origami con su abuelo: barcos, grullas, estrellas. Esa tarde decidió construir algo nuevo: un tren de papel, con vagones de todos los colores.

En cada vagón, escribió un deseo con lápiz. No era para él, sino para los demás. Escribió: “trabajo para mamá”, “menos cansancio para papá”, “salud para el abuelo” y “amigos para quien esté solo”.
Colocó el tren en el alféizar de la ventana, como si esperara que alguien lo encontrara.

Al día siguiente, la vecina del tercero, una señora que siempre tenía prisa, se detuvo al verlo.
—Qué bonito tren, Diego. ¿Lo has hecho tú?
—Sí —respondió él, encogiéndose de hombros—. Es un tren de deseos.
—Pues ojalá llegue uno hasta mi hijo, que hace meses que no consigue trabajo —suspiró ella.

Diego arrancó un pequeño papel, escribió “trabajo para el hijo de la vecina del tercero” y lo colocó en un vagón nuevo.

La noticia del tren de deseos se fue extendiendo por el edificio.
El cartero, al dejar las cartas, añadió su propio ruego: “menos facturas tristes”.
La panadera de la esquina pidió “que nadie se quede sin pan en Nochebuena”.
Hasta el señor del perro, siempre malhumorado, se acercó un día y murmuró: “paz para los que no saben pedirla”.

Los vagones se multiplicaban. Parecía que el tren de papel no tenía fin.
La noche del 24, Diego se quedó mirándolo.
—Ojalá pudieras moverte de verdad —le dijo.

Cuando estaba a punto de irse a dormir, escuchó una corriente de aire distinta, como un suspiro que atravesara la casa. Volvió a la ventana. El tren seguía allí… pero algo había cambiado: las letras estaban más marcadas, como si hubieran sido repasadas por alguien.

Los días siguientes, comenzaron a ocurrir pequeñas cosas.
El hijo de la vecina del tercero consiguió un trabajo temporal en la panadería.
La panadera recibió una caja anónima con bollos y alimentos para que pudiera regalar pan a quienes no pudieran pagar.
El señor del perro, que siempre gruñía, bajó un día con una bolsa de juguetes viejos en buen estado para donar.

Nadie hablaba del tren de papel, pero de vez en cuando, al pasar, lo miraban con una mezcla de respeto y gratitud.

El 31 de diciembre, el padre de Diego llegó a casa antes de lo habitual, con los ojos brillantes.
—Me han ofrecido un contrato —anunció—. La empresa de taxis quiere que les ayude a organizar las rutas. Ya no tendré que hacer tantas noches.
La madre, emocionada, lo abrazó fuerte.

Diego fue corriendo a la ventana. Cogió uno de los vagones y sonrió al leer lo que había escrito semanas atrás: “menos cansancio para papá”.
Esa noche, cuando todos brindaban, una corriente suave entró por la ventana. El tren se movió apenas, como si alguien invisible lo empujara.

—¿Crees que tiene magia? —preguntó la madre.
—No lo sé —respondió Diego—. Pero creo que cuando mucha gente desea cosas buenas para otros, el mundo se mueve un poquito. Como un tren.

El tren de papel siguió en la ventana todo el año siguiente. Cada vez que alguien tenía un deseo generoso, Diego le invitaba a escribirlo en un nuevo vagón. No todos se cumplían, al menos no como esperaban. Pero el edificio empezó a cambiar: los vecinos se conocían más, se ayudaban más, compartían más.

Al final, Diego entendió que la verdadera magia del tren navideño no era cumplir deseos. Era que enseñaba a la gente a pensar en los demás.
Y eso, de alguna manera, hacía que las cosas empezaran a mejorar.

5. La bufanda que viajaba sola: cuento de Navidad sobre la solidaridad

En una ciudad fría, donde el viento parecía tener dientes, Clara tejía bufandas. No era rica, ni famosa, ni tenía una tienda. Solo un pequeño piso y un sillón junto a la ventana. Tejía por costumbre y por cariño: para su nieta, para sus amigas, para quien lo necesitara.

Ese diciembre, sin embargo, el dinero apenas alcanzaba para la lana.
—Tejemos una última bufanda y luego veremos —se dijo a sí misma, como si hablara con el ovillo rojo entre las manos.

Mientras tejía, miraba por la ventana las calles del barrio. Vio a un hombre que dormía en un portal, envuelto en periódicos. Vio a una mujer joven con un bebé en brazos, tapándolo con su propio abrigo. Vio a un chico repartidor que pasaba en bicicleta con las manos moradas de frío.

Cuando terminó la bufanda, no supo para quién era. No tenía destinatario.
La dejó sobre el respaldo de una silla. Por la noche, un golpe de viento abrió la ventana que creía bien cerrada. A la mañana siguiente, la bufanda ya no estaba.

Clara pensó que se le había caído al patio, pero al asomarse no vio nada.
—Qué raro —murmuró—. Tendré que sacar otra lana.

Ese mismo día, el hombre del portal apareció en la panadería de la esquina con una bufanda roja al cuello.
—Alguien la dejó encima de mis cosas mientras dormía —contó—. Y adentro, en el bolsillo, solo había una nota que decía: “Para que recuerdes que no estás solo”.

La panadera, conmovida, decidió preparar una bolsa de pan y bocadillos para él.
—Si alguien se ha tomado la molestia de dejarte esto, yo puedo añadirme al gesto —dijo.

Esa noche, el hombre vio a la mujer del bebé tiritando en la parada del autobús. Sin pensarlo demasiado, se quitó la bufanda y se la ofreció.
—Alguien me la regaló. Ahora te la regalo yo.

La mujer dudó, pero al ver la nota en el bolsillo, entendió.
Al día siguiente, la bufanda roja abrigaba al repartidor en bicicleta.
—Una señora del autobús me la dio —explicó, cuando alguien le preguntó—. Me dijo que era una bufanda viajera, que no debía quedarse quieta mucho tiempo.

Y la bufanda siguió moviéndose.
Pasó al cuello de una profesora que se quedaba tarde con sus alumnos. Luego, al de un niño que había perdido la suya. Después, al de un anciano que volvía solo de una revisión médica. Siempre llevo la misma nota doblada en el bolsillo. A veces, la acompaño con monedas, caramelos o pequeños mensajes. Estos mensajes dicen: “Gracias”, “Feliz Navidad”, “Te entiendo” o “Resiste”.

Un día, varias semanas después, la bufanda volvió al edificio de Clara. La llevaba un voluntario de una asociación que repartía comida.
—Una señora mayor me dejó esta bufanda en el centro, dijo que la tejió alguien del barrio —comentó—. ¿La conoce?
Clara la reconoció al instante.
—Creo que sí —respondió, sonriendo—. Pero ahora ya no es mía.

Le contó la historia al voluntario, que decidió dejar la bufanda en un perchero del centro comunitario con un cartel: “Si tienes frío, llévatela. Si un día estás caliente de nuevo, pásala a otro”.

La bufanda se convirtió en una especie de leyenda local. Los niños del barrio la llamaban “la bufanda viajera de Navidad”. Algunos decían que, si la llevabas, querías ayudar más a otros.

Clara siguió tejiendo con lo poco que tenía. A veces solo mitones, otras gorros sencillos. Nunca supo exactamente a cuánta gente abrigó su primera bufanda roja, pero sí supo algo importante:

En Navidad, y también fuera de ella, hay objetos que llevan escondidos gestos buenos que se multiplican. Y aunque la lana se acabe, la costumbre de mirar alrededor y preguntarse “¿quién tiene más frío que yo?” nunca debería terminar.

Porque al final, lo entendió al mirar la calle desde su ventana. La verdadera bufanda es la red invisible. Esta red se forma cuando una persona decide cuidar de otra.

___________________________________

No olvides que, si quieres escribir y publicar tu libro, nosotros te podemos ayudar. Te apoyamos en la escritura y publicación. Nuestra ayuda va desde cero. Hacemos revisión del manuscrito y te ayudamos a publicar en Amazon KDP.

Envíanos tu solicitud a través de nuestra página de contacto o escríbenos a mavimonte@gmail.com

Gracias por tus visitas, lecturas y comentarios.

 

 

 

 

Deja tu comentario